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   Un ruido monstruoso se abalanzó esta mañana sobre mi casa. Desperté trastabillando hasta las ojotas desparramadas bajo el perchero. Recién en el pasillo me pregunté qué pasaba. El sonido fue inconfundible: un helicóptero sobre el techo. Vi a mis viejos gritando en el living, a dos oficiales abriéndose paso hasta mí y a varios patrulleros y vecinos apostados detrás de la verja, intentando adivinar algo entre las cortinas de la ventana donde clavé los ojos desesperado.   
   Intenté correr, aferrarme en los muebles para lograr impulso y gambetear a los oficiales. Quise ganar la puerta del lavadero, escapar por los techos o entre la gente.
   No llegué ni a la cocina: me empujaron contra la puerta corrediza, y ahí rendí lentamente mi cuerpo levantando las manos. Mi vieja les gritaba a los oficiales que déjenlo vestirse a mi Nachito. Los canas revisaban la casa. Explotaban los cajones contra las paredes, levantaban los colchones, abrían cajas. Sabía que no encontrarían más que los blísters de Meplar y Clonagin, debidamente recetados.
   Subí de un empujón al patrullero. Los pies de los pendejos del barrio —que veía por abajo de la remera— habían sido míos en otras épocas. El patrullero arrancó y un chorrerío de gente hasta la esquina nos miró perdernos por la General Roca.
   En la comisaría encontré por fin la palabra para describir con nitidez lo que sentía: la vida se deshidrataba, el barrio, los amigos, Florencia, mis viejos, la casa, la gente, TODO era un video retro. No puedo explicarlo de otra manera, esa tarde fue de colchones viejos flotando por las calles, a media altura, lentos... La única postal que quedó, surreal. Deshidratación de la vida, en esa sala de detenciones, cerca de la oficina del comisario, donde entraban y salían oficiales silbando con planillas en las manos. Cada tanto la Federal golpea pueblos con el único objetivo de impresionar a los vecinos. Y además la vida se deshidrataba.
   La virgen de yeso con rosarios colgados desde vaya a saber qué año certificaba que cada elemento del mundo perdía su textura, su sabor, su gordura. La vida se deshidrataba quemándose como esas revistas que pierden el brillo en los quioscos decadentes que están sobre la ruta.

   Es mediodía. Acaban de largarme. Vuelvo caminando bajo la llovizna. Algunos perros se acercan a olerme, las edificaciones de los terrenos aledaños me asustan. Las casas se suceden como los fondos de los dibujitos animados, y en cada ventana veo un Sísifo vencido, sentado junto a su roca.




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   Gretel me acaricia la espalda, después las piernas, todo a lo largo. Ensaya unos masajes y entierra los dedos en mi nuca hasta la frente, fregándome el cabello, rascándome, acariciando mis orejas con dulzura. Pienso en lo difícil que es escribir bien, saber escribir lo que uno quiere que sientan los demás.

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DIARIO LA VOZ DEL INTERIOR (Córdoba). “Del gran invento a la fabulación del siglo”

El joven Mateo Alonso, quien se presentó como el ganador del premio “El estudiante del siglo”, supuestamente otorgado por la Fundación Motorola, por haber inventado “una cafetera parlante”, confesó ayer que toda la historia que contó, y que le significó el reconocimiento de autoridades y medios de prensa, fue absolutamente mentira.
El estudiante de la UTN de Córdoba había anunciado que el último viernes partiría hacia Japón, el país donde pasaría dos años en condición de becado, pero ayer, en declaraciones públicas, relató que había sido asaltado en el aeropuerto de San Alberto, en Brasil, por una veintena de hombres con rasgos orientales que lo obligaron a darle la clave de su invento.
Las contradicciones en su relato comenzaron a despertar las sospechas, hasta que finalmente el joven terminó por confesar no sólo que era mentira el incidente en San Alberto, sino también toda la historia, invento y premio incluidos.
La verdad final fue comunicada en una conferencia de prensa ofrecida por el ministro de Gobierno, Oscar González, y autoridades de la UTN y la empresa Motorola. (más información en 15ª)



MAGIA JAPONESA

Ayer, los cordobeses se despertaron con la palabra de Mateo en los medios radiales pero contando una historia que, a medida que avanzaba la jornada, resulta tan inverosímil como fantasiosa.
“Regresé a Córdoba porque cuando viajaba para París, en una escala técnica en el aeropuerto de San Alberto, unos 15 o 20 personas con pinta de japoneses me atacaron en el baño y me obligaron que le diera el código de la máquina”, dijo el joven.
Luego, en un fárrago sin fin de continuidad, Mateo empezó a ensayar distintas versiones del mismo hecho y, entonces, las contradicciones surgieron tan evidentes como espontáneas.
“A mis amigos también les pasó lo mismo en Francia y Alemania y ahora volvieron a Salta y Catamarca donde viven”, “No quiero hablar más del premio ni de la máquina, sólo quiero seguir estudiando en Córdoba”, “Creo que detrás de esto está la mafia japonesa porque los que me golpearon eran japoneses y actuaron con mucha naturalidad. Tenían armas y le pegaron un tiro al coordinador de Motorola que me acompañaba”.
Estas fueron sólo algunas de las numerosas frases con las que el estudiante intentó poner fin a una historia creada en los últimos días.
Lo cierto es que nunca existió invento alguno, ni amigos, ni beca, ni viaje a Japón, ni a San Alberto, ni ataques, ni amenazas.
Si, en cambio, la gran mentira habría nacido del miedo de Mateo de perder una beca que recibía de la Municipalidad de Los Fresnos y que le permitía costearse sus estudios en esta Capital. (...) Pocos le creyeron y cuando se quebró ante las autoridades universitarias, y alcanzó a decir: “Me obligaron a seguir mintiendo”.
Anoche, Carlos Zárate, de la firma Motorola –que gestiona su radicación en esta Capital, precisamente en predios de la universidad- aseguró que la fundación no organizó ningún concurso como el que mencionó Mateo. Presa de una crisis de nervios, anoche el joven era asistido psicológicamente. La fábula había concluido.



LOS FRESNOS, CAPITAL DEL DESENCANTO

En Los Fresnos no se habla de otra cosa. Alrededor del invento de la cafetera parlante, del supuesto premio de la Fundación Motorola y del prometido viaje a japón se tejen infinitas hipótesis. Son muchos los que no creen que se trate de una fábula de Mateo y muy pocos los que aceptan sin vueltas haber sido engañados.
La resistencia tiene una explicación sencilla: cuando se conocen los detalles del “ascenso” de Mateo, cuesta creer que alguien haya podido sostener semejante ficción durante tanto tiempo.
“Al Sr. Mateo Alonso, en reconocimiento por haber conseguido el flamante premio Coronación Mundial Pasión y Dignidad Estudiantil. Abril 2000”. La frase está impresa en un platillo que Mateo llevó hace pocos días a la casa de sus abuelos.
(...)
Sus abuelos no pueden creer que Mateo haya podido fabular la historia de la máquina de café parlante, pero desde el miércoles no paran de atar cabos y reconocen que muchas de las cosas que el chico les contaba eran increíbles.
“Un día me dijo que estaba custodiado todo el tiempo, porque lo podían atacar por su invento. Yo le pregunté donde estaba el guardia y me dijo que siempre estaba disfrazado de otra cosa para que nadie se de cuenta. Eso me descolocó”. Cuenta don Antonio.
“Nos llamaba por teléfono y nos decía que hablaba desde Ezeiza. Decía que los pasajes se lo mandaban de Buenos Aires. También nos contaba que cuando viajaba paraba en el Sheraton, nos decía cómo se comía, qué le daban en el desayuno y cómo era el sauna que tenía en la pieza, ¿cómo puede una persona inventar todo eso?”, se pregunta la abuela.
La abuela le reformó ropa y le compró algunas prendas para su viaje a japón, lo despidieron y le desearon toda la suerte del mundo. El martes de la semana pasada, hasta los llamó diciendo que estaba en San Alberto y que había sido atacado por un grupo de japoneses.
“Hace mucho que me contó que estaba haciendo una cafetera que entendía a la gente. Yo le pregunté de dónde sacaba los repuestos y me dijo que se los mandaban desde Buenos aires. Pero yo nunca vi esa máquina, ni conocí a los otros chicos que trabajan con él en ese proyecto ni al famoso coordinador que los iba a acompañar en el viaje”, dice el abuelo.

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   Me duele todo el cuerpo. Mamá ceba mates en la cocina, mirando por la ventana. La vieja Salas pasa por la vereda con ese andar de lavandera que no varió nunca, inclinada, las manos hurgueteando en los bolsillos del delantal y los ojos en las baldosas, sus sandalias aguantando la hinchazón de los tobillos. Ahora se lleva un pañuelo a la nariz y se suena. Un estruendo ridículo, bochornoso, idéntico a un mueble que es arrastrado.


   Quiero decirle a mi vieja: “¿Mami, te acordás que escuchábamos ruidos de muebles en la casa de la vieja Salas, todas las noches, a cualquier hora?”


    Pero no le digo. Es imposible mantener una conversación con ella sin que desenfoque o exponga el perfil moral de las cosas.


   Mi viejo, afuera, más que el dueño de casa parece un changarín que golpeó a la puerta y pidió trabajo. Un paje, un diminuto, insignificante y reverente funcionario japonés agachándose más de la cuenta, para que digan que es un padre de familia ejemplar, cuidando su jardín, recibiendo mates de su mujer, sudando porque en esta vida hay que sudar, lavando el auto en medio de la calle, en cueros, con el porrón sobre el capot, saludando, invitando a los vecinos, haciendole esos chistes patéticos a todo el mundo, creyéndose ingenioso, educado y gracioso, feliz. Alguien que no se encierra por las noches a soñar que vive en un caserón de estancia junto a un lago con una mujer hermosa y no esa gorda psicótica que fue en su época la delgada ratita intelectual y amorosa que lo sedujo y hoy no hace otra cosa que tener miedo y andar por la casa apoyándose en las paredes.


   —¡Miralo! —indica mi vieja junto a la ventana, despabilándose—. ¡Mirá! Le pasa el rastrillo a los plantines y los hace mierda, y ni cuenta se da! ¡Y encima saluda, el pelotudo!


   Ella va hasta mi papá con el mate. Los miro por la ventana, vi tantas veces esta escena que puedo hacer el doblaje:


   —Ricardo —le dice mi mamá—, ¿qué hacés? ¿Querés un mate? —y no lo reta: quiere medirlo y saber dónde atinar el golpe—. Uhhhh, mirá —sigue, fingiendo descubrir recién ahora el daño—: ¿esas son las plantitas que puse ayer?


   Y Ricardo, tocándose la cabeza, intentando esconder ese rubor interno que lo enciende, no confiesa. Dispara entre boqueos extraños de pez en la cuneta:


   —Sí, son esas. Miraaaá qué laaaaástima… Debe ser el Jony, ¡es uno...! No lo vi, pero seguro que es él... Recién andaba por ahí con una perra. ¡Es terrible este Jony! La otra mañana mordisqueó el mango de la palita de asar. Decí que no lo alcancé, que si no...


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Esta mañana, el Rafa entró a casa como si fuese la suya. Otro que volvió al pueblo. Se quedó a almorzar y a la siesta me acompañó al trabajo: los del noticiero de fin de semana querían entrevistarlo, por su experiencias en la cárcel y con las drogas. El Rafa se cagaba de risa. Al rato desapareció. Lo busqué en el baño. El productor del programa de cocina me dijo que lo vio salir.
A la siete de la tarde llamó. Quería saber en cuánto me desocupaba, para salir a tomar cerveza. Insistió contando que a la noche abría el boliche para juntarle guita a un pibe con cáncer que él no conocía pero seguro que yo sí. Le dije que Gretel no me iba a dejar salir, y menos con él.
—¡Qué me importa —gritó—, quiero ver gente!
A las dos de la mañana, apareció por la ventana de la cocina con el pelo mojado. Era gracioso, y sólo por eso es que ahora estamos entrando al boliche.
En la puerta de entrada, el comisario fanfarronea atrás de los patovicas hablando por el intercomunicador. Agarramos la cola lenta del pasillo derecho infestado de pendejos sudados, chorreando los vasos.
—¡Qué hijos de puta! —grita el Rafa dándose vuelta—. ¿A cuánta gente dejan entrar acá? Antes no pasaba.
—Era igual —le grito—. Nada más que antes no nos calentaba, éramos pendejos.
—¡Hijo de puta!

Cerca de la escalera que baja al costado de la pista, el Rafa se abraza con alguien. No puedo ver quién es, soy devorado por la manada de pelotudos que baja. Relojeo si el Rafa zafa del tipo. No. Los pendejos pechan, ahogan, un calor de mierda, me pica la espalda, quiero salir, llegar al puto ventilador allá donde varias cabezas se pierden en la oscuridad del entrepiso. Manoteo, quiero lograr la zona menos densa cerca del bafle donde están esas pendejas calientes. Se oye la sirena seguida de una explosión fortísima. Se agachan las cabezas. Caen papelitos plateados. Acá estoy bien, cerca de las pendejas. Son hermosas, chiquitas, bronceaditas, bailando sin parar. No hago nada, no digo nada. No sé a qué mierda vine al boliche. Uno puede perder la noche solamente haciendo colas: el guardarropas de entrada y salida, el ticket consumición, la consumición, buscar un lugar o persona, ir al baño. Se te va la noche en esas cosas. Además, no podría levantar ni a esa gorda que baila desprejuiciadamente en medio de la pista bajándose los pantalones, cagando de risa a las amigas que la aplauden. Levanto la cabeza: el Rafa ya no está con el tipo. Tampoco baja. Un pibe viene moviendo la mandíbula y saluda. No tengo idea de quién es.
—¿Qué hacés, maestro...? —le digo.
Veo que su boca se mueve, no entiendo lo que dice, está durísimo. Le sonrío y se va. Pasan chicas saludándome, la que va a lo último está muy fuerte. La gordita de adelante se desprende de sus amigas, se acerca a mi oído y pregunta qué mierda hago en el boliche. Quiero saber quién es, de dónde me conoce. La de atrás le agarra la mano y la saca de ahí. Antes de llevársela me ofrece de su vaso: toma una de esas vergas con energizante.
—¿Quién sos? —le pregunto.
—Camilucha —dice borracha, al oído, arrebatando el vaso y yéndose.
—¡Vení! —le grito.
Son hermosas. Cualquiera llenaría de complejos físicos a la Flor de las mejores épocas. Son perversos androides fabricados en serie. El flequillito cayéndoles en la frente, ladeado, las tetitas redondas coronados por pezones que sudan, apretaditos en esas telas transparentes, y esos jeans estrangulando los huesos de las caderas, mostrando el elástico de las bombachitas blanquísimas por la luz ultravioleta. No quiero saber la edad que tienen, definitivamente sentiría que soy un viejo de mierda.
El efecto estroboscópico comienza a jugar su despreciable papel. Tengo ganas de mear. Estoy más cerca de la puerta que del ventilador. Podría llegar hasta ahí, tomar aire, y por si ataca el pánico tener la puerta cerca. Quiero mear. Empujo, me escurro entre los torsos, las tetas, las manos que rozan la verga, la cara, el pecho. Hay un olor a Rexona insoportablemente sexy. El pelo de una rubia se mete en mi boca, lo escupo. La saco del camino, logro un pabellón más o menos vacío y ahorro un gran tramo hasta el baño. Finalmente llego, estoy acá en el baño, donde no hay aire, donde hay un olor a meada que tumba y un montón de quemados con las manos en las vergas. Saco la mía, reducida a la nada, trato de que no la vean. Un negro con la camiseta de La Mona mira como diciendo “¿Y vo quién so?”. No puedo mear. Del otro lado de las puertas que dan a los inodoros escucho golpes. Risas. Pibes que gritan “Pará, pará, levantalo”. El pelotudo de la remera se va y deja el mingitorio vacío, que ocupa un petisito rubio totalmente verde; con los ojos revoleados se acerca y mea. También estoy meando. Un chorro continuo y calentito erosiona las naftalinas.
Pienso en lo perdedor que soy, en que tendría que salir a buscar chicas, coger, emborracharme, no vivir encerrado escribiendo esta novela de mierda. ¡Curate, verguita! Tan virgen, tan sola, tan inútil: perrito boludo ahí abajo, a veces pidiendo que te deje mear y punto. ¿Para vos la eyaculación es pesadilla? ¿Un don que viene en los sueños y se va al abrir los ojos?
La sacudo, ya no tengo vuelta atrás. Si no cogí hasta ahora, el camino es cada vez peor. Pienso que va a doler horrores, que voy a acabar en dos segundos, o no acabar, o abatatarme por los nervios. ¿Cómo mierda hacerle creer a Gretel que no soy virgen si de todas formas se dará cuenta de que sí?
La meto en el calzoncillo, subo la bragueta y giro. Alguien me toca el culo.
—Apurate, puto —dice el Rafa, ahora pellizcándome.
—¿Dónde estabas, boludo?
—Qué, si no se puede ni caminar en esta mugre...
—¿Viste lo que es?
—¿Qué mierda es el lanzaperfume ese? —dice meando—. Recién, ahí atrás de las puertas, unos pendejos bardeaban con un spray que te desmaya. ¡Qué droga más pelotuda!
—Apurate —le grito buscando la puerta.
El Rafa la sacude y sale.
—¿Por qué tenés esa cara, puto? —dice alcanzándome un vaso— Recién lo vi a tu amigo meando, allá, mirá, tu amigo... el inventor.
—Dejalo —le digo, y por un momento estoy a punto de contarle de Mateo pero desvío el tema—. ¿En qué momento compraste este trago?
—Es del pibe aquel que no sé quién es. Me lo dio y se puso a chamullar a aquella gorda. Ahí viene.
—Maestro —dice el pendejo dándole la mano al Rafa—. Ahora yo la muevo.
—¿Qué movés?
— Merca, papi. Un nenito así era cuando te encanutaron...
—¡Rajá de acá! —le grita el Rafa, sacadísimo. Le pongo al pendejo el vaso en la mano y le hago señas de que desaparezca. Reverencia al Rafa y se pierde.
Nos quedamos apoyados en las barandas mirando la pista, abajo. La verdad que la gente la pasa bien: se divierten, se tocan, se insinúan cosas, se emborrachan, se drogan, se pierden, alucinan, bailan, se caen, se acomodan, se mueven sin parar, bromean, se besan, se destrozan contra las banquetas, descorchan, bailan, gritan, se babosean, son felices.
Algunas pocas noches de mi patética vida entré al boliche sin buscar a mi prima. Bailé, descorché… y también fui Feliz.
—Culiáu —grita el Rafa—, no pueden estar tan buenas las pendejas... Tienen catorce años, culiáu. Cómo mierda cada vez las dejan entrar más chicas, y vestidas así...
—Y esas pendejas culean —le digo—. Si te levantás una, te doy un palo verde.
Alguien me toca el hombro. Es el Adrián. Suspiro de los nervios.
—Hola —le digo estirándole la mano. El Rafa lo ve—: No falta nadie esta noche, eh... —grita.
Dejan de poner marcha, larga la cumbia, la gente se vuelve loca. El Boliche arde, el Adrián me saluda como si nada. Tendría que contarle al Rafa lo que me hizo el Adrián las otras noches: si lo hago, lo mata. Lo agarra del cogote y lo revolea de acá arriba hasta el medio de la pista. Le pondría onda a este boliche de mierda. Pero no. Mejor dejarlo pasar, mejor dejar pasar esas minitas que bailan y se agachan y se tocan el pelo.
¡Alguien me agarra con fuerza por atrás! ¡Me está arrastrándo por los sobacos! Muevo la cabeza para todos lados intentando ver quién es. Trato de afirmar los brazos en las barandas. Salimos forcejeando.
—¡TE VOY A MATAR! —grita, y me tira al suelo y me caga a patadas en el estómago—. ¡Hijo de puta! —sigue gritando y lo reconozco mientras veo su mano venir una y otra vez golpeando mi nariz—. ¡Vos sabes bien lo que hiciste, hijo de mil puta! ¡Pendejo sorete del orto!
Es al pedo querer frenar a ese gordo enorme. Es increíble la fuerza que tiene y lo gordo que está. Con la cara llena de sangre, le ruego que pare.
—¡Vos fuiste, hijo de puta...! ¡Once años me comí por vos! ¡Culiáu de mierda, puto del orto! ¡Qué todos sepan lo que hiciste, hijo de puta! ¡Que sepan quién fue, culiáu!
Oigo los gritos del Adrián:
—¡PARÁ, ÉTOR, PARÁAAAA!
Veo al Adrián tironeando de semejante panza llena de tatuajes asquerosos. Se echa atrás. Ya no los puedo ver, todo da vueltas, duele muchísimo: el estómago, las costillas. Siento un puntinazo de goma en la sien y otro en la mandíbula, y otro más y el alboroto de la gente. Y un tiro.
Veo la panza del Étor pasar por arriba, resbalar en la baranda y caer al patiecito de arena. Entre sombras veo al Adrián con la pistola en las manos apoyado en la baranda. No deja de tirar. Le grito “¡BASTA, BASTA!”. La gente me pisotea, otros tiran de mis brazos, quieren sacarme de ahí, se llena de patovicas y canas contra el Adrián sacando su placa. Se le caen encima igual y forcejean en el piso. Más tiros y gente que grita. Y duelen los oídos y la cabeza y las costillas y no puedo respirar y el mundo es horrible, horrible.
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