Esta mañana, el Rafa entró a casa como si fuese la suya. Otro que volvió al pueblo. Se quedó a almorzar y a la siesta me acompañó al trabajo: los del noticiero de fin de semana querían entrevistarlo, por su experiencias en la cárcel y con las drogas. El Rafa se cagaba de risa. Al rato desapareció. Lo busqué en el baño. El productor del programa de cocina me dijo que lo vio salir.
A la siete de la tarde llamó. Quería saber en cuánto me desocupaba, para salir a tomar cerveza. Insistió contando que a la noche abría el boliche para juntarle guita a un pibe con cáncer que él no conocía pero seguro que yo sí. Le dije que Gretel no me iba a dejar salir, y menos con él.
—¡Qué me importa —gritó—, quiero ver gente!
A las dos de la mañana, apareció por la ventana de la cocina con el pelo mojado. Era gracioso, y sólo por eso es que ahora estamos entrando al boliche.
En la puerta de entrada, el comisario fanfarronea atrás de los patovicas hablando por el intercomunicador. Agarramos la cola lenta del pasillo derecho infestado de pendejos sudados, chorreando los vasos.
—¡Qué hijos de puta! —grita el Rafa dándose vuelta—. ¿A cuánta gente dejan entrar acá? Antes no pasaba.
—Era igual —le grito—. Nada más que antes no nos calentaba, éramos pendejos.
—¡Hijo de puta!
Cerca de la escalera que baja al costado de la pista, el Rafa se abraza con alguien. No puedo ver quién es, soy devorado por la manada de pelotudos que baja. Relojeo si el Rafa zafa del tipo. No. Los pendejos pechan, ahogan, un calor de mierda, me pica la espalda, quiero salir, llegar al puto ventilador allá donde varias cabezas se pierden en la oscuridad del entrepiso. Manoteo, quiero lograr la zona menos densa cerca del bafle donde están esas pendejas calientes. Se oye la sirena seguida de una explosión fortísima. Se agachan las cabezas. Caen papelitos plateados. Acá estoy bien, cerca de las pendejas. Son hermosas, chiquitas, bronceaditas, bailando sin parar. No hago nada, no digo nada. No sé a qué mierda vine al boliche. Uno puede perder la noche solamente haciendo colas: el guardarropas de entrada y salida, el ticket consumición, la consumición, buscar un lugar o persona, ir al baño. Se te va la noche en esas cosas. Además, no podría levantar ni a esa gorda que baila desprejuiciadamente en medio de la pista bajándose los pantalones, cagando de risa a las amigas que la aplauden. Levanto la cabeza: el Rafa ya no está con el tipo. Tampoco baja. Un pibe viene moviendo la mandíbula y saluda. No tengo idea de quién es.
—¿Qué hacés, maestro...? —le digo.
Veo que su boca se mueve, no entiendo lo que dice, está durísimo. Le sonrío y se va. Pasan chicas saludándome, la que va a lo último está muy fuerte. La gordita de adelante se desprende de sus amigas, se acerca a mi oído y pregunta qué mierda hago en el boliche. Quiero saber quién es, de dónde me conoce. La de atrás le agarra la mano y la saca de ahí. Antes de llevársela me ofrece de su vaso: toma una de esas vergas con energizante.
—¿Quién sos? —le pregunto.
—Camilucha —dice borracha, al oído, arrebatando el vaso y yéndose.
—¡Vení! —le grito.
Son hermosas. Cualquiera llenaría de complejos físicos a la Flor de las mejores épocas. Son perversos androides fabricados en serie. El flequillito cayéndoles en la frente, ladeado, las tetitas redondas coronados por pezones que sudan, apretaditos en esas telas transparentes, y esos jeans estrangulando los huesos de las caderas, mostrando el elástico de las bombachitas blanquísimas por la luz ultravioleta. No quiero saber la edad que tienen, definitivamente sentiría que soy un viejo de mierda.
El efecto estroboscópico comienza a jugar su despreciable papel. Tengo ganas de mear. Estoy más cerca de la puerta que del ventilador. Podría llegar hasta ahí, tomar aire, y por si ataca el pánico tener la puerta cerca. Quiero mear. Empujo, me escurro entre los torsos, las tetas, las manos que rozan la verga, la cara, el pecho. Hay un olor a Rexona insoportablemente sexy. El pelo de una rubia se mete en mi boca, lo escupo. La saco del camino, logro un pabellón más o menos vacío y ahorro un gran tramo hasta el baño. Finalmente llego, estoy acá en el baño, donde no hay aire, donde hay un olor a meada que tumba y un montón de quemados con las manos en las vergas. Saco la mía, reducida a la nada, trato de que no la vean. Un negro con la camiseta de La Mona mira como diciendo “¿Y vo quién so?”. No puedo mear. Del otro lado de las puertas que dan a los inodoros escucho golpes. Risas. Pibes que gritan “Pará, pará, levantalo”. El pelotudo de la remera se va y deja el mingitorio vacío, que ocupa un petisito rubio totalmente verde; con los ojos revoleados se acerca y mea. También estoy meando. Un chorro continuo y calentito erosiona las naftalinas.
Pienso en lo perdedor que soy, en que tendría que salir a buscar chicas, coger, emborracharme, no vivir encerrado escribiendo esta novela de mierda. ¡Curate, verguita! Tan virgen, tan sola, tan inútil: perrito boludo ahí abajo, a veces pidiendo que te deje mear y punto. ¿Para vos la eyaculación es pesadilla? ¿Un don que viene en los sueños y se va al abrir los ojos?
La sacudo, ya no tengo vuelta atrás. Si no cogí hasta ahora, el camino es cada vez peor. Pienso que va a doler horrores, que voy a acabar en dos segundos, o no acabar, o abatatarme por los nervios. ¿Cómo mierda hacerle creer a Gretel que no soy virgen si de todas formas se dará cuenta de que sí?
La meto en el calzoncillo, subo la bragueta y giro. Alguien me toca el culo.
—Apurate, puto —dice el Rafa, ahora pellizcándome.
—¿Dónde estabas, boludo?
—Qué, si no se puede ni caminar en esta mugre...
—¿Viste lo que es?
—¿Qué mierda es el lanzaperfume ese? —dice meando—. Recién, ahí atrás de las puertas, unos pendejos bardeaban con un spray que te desmaya. ¡Qué droga más pelotuda!
—Apurate —le grito buscando la puerta.
El Rafa la sacude y sale.
—¿Por qué tenés esa cara, puto? —dice alcanzándome un vaso— Recién lo vi a tu amigo meando, allá, mirá, tu amigo... el inventor.
—Dejalo —le digo, y por un momento estoy a punto de contarle de Mateo pero desvío el tema—. ¿En qué momento compraste este trago?
—Es del pibe aquel que no sé quién es. Me lo dio y se puso a chamullar a aquella gorda. Ahí viene.
—Maestro —dice el pendejo dándole la mano al Rafa—. Ahora yo la muevo.
—¿Qué movés?
— Merca, papi. Un nenito así era cuando te encanutaron...
—¡Rajá de acá! —le grita el Rafa, sacadísimo. Le pongo al pendejo el vaso en la mano y le hago señas de que desaparezca. Reverencia al Rafa y se pierde.
Nos quedamos apoyados en las barandas mirando la pista, abajo. La verdad que la gente la pasa bien: se divierten, se tocan, se insinúan cosas, se emborrachan, se drogan, se pierden, alucinan, bailan, se caen, se acomodan, se mueven sin parar, bromean, se besan, se destrozan contra las banquetas, descorchan, bailan, gritan, se babosean, son felices.
Algunas pocas noches de mi patética vida entré al boliche sin buscar a mi prima. Bailé, descorché… y también fui Feliz.
—Culiáu —grita el Rafa—, no pueden estar tan buenas las pendejas... Tienen catorce años, culiáu. Cómo mierda cada vez las dejan entrar más chicas, y vestidas así...
—Y esas pendejas culean —le digo—. Si te levantás una, te doy un palo verde.
Alguien me toca el hombro. Es el Adrián. Suspiro de los nervios.
—Hola —le digo estirándole la mano. El Rafa lo ve—: No falta nadie esta noche, eh... —grita.
Dejan de poner marcha, larga la cumbia, la gente se vuelve loca. El Boliche arde, el Adrián me saluda como si nada. Tendría que contarle al Rafa lo que me hizo el Adrián las otras noches: si lo hago, lo mata. Lo agarra del cogote y lo revolea de acá arriba hasta el medio de la pista. Le pondría onda a este boliche de mierda. Pero no. Mejor dejarlo pasar, mejor dejar pasar esas minitas que bailan y se agachan y se tocan el pelo.
¡Alguien me agarra con fuerza por atrás! ¡Me está arrastrándo por los sobacos! Muevo la cabeza para todos lados intentando ver quién es. Trato de afirmar los brazos en las barandas. Salimos forcejeando.
—¡TE VOY A MATAR! —grita, y me tira al suelo y me caga a patadas en el estómago—. ¡Hijo de puta! —sigue gritando y lo reconozco mientras veo su mano venir una y otra vez golpeando mi nariz—. ¡Vos sabes bien lo que hiciste, hijo de mil puta! ¡Pendejo sorete del orto!
Es al pedo querer frenar a ese gordo enorme. Es increíble la fuerza que tiene y lo gordo que está. Con la cara llena de sangre, le ruego que pare.
—¡Vos fuiste, hijo de puta...! ¡Once años me comí por vos! ¡Culiáu de mierda, puto del orto! ¡Qué todos sepan lo que hiciste, hijo de puta! ¡Que sepan quién fue, culiáu!
Oigo los gritos del Adrián:
—¡PARÁ, ÉTOR, PARÁAAAA!
Veo al Adrián tironeando de semejante panza llena de tatuajes asquerosos. Se echa atrás. Ya no los puedo ver, todo da vueltas, duele muchísimo: el estómago, las costillas. Siento un puntinazo de goma en la sien y otro en la mandíbula, y otro más y el alboroto de la gente. Y un tiro.
Veo la panza del Étor pasar por arriba, resbalar en la baranda y caer al patiecito de arena. Entre sombras veo al Adrián con la pistola en las manos apoyado en la baranda. No deja de tirar. Le grito “¡BASTA, BASTA!”. La gente me pisotea, otros tiran de mis brazos, quieren sacarme de ahí, se llena de patovicas y canas contra el Adrián sacando su placa. Se le caen encima igual y forcejean en el piso. Más tiros y gente que grita. Y duelen los oídos y la cabeza y las costillas y no puedo respirar y el mundo es horrible, horrible.